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martes, 16 de julio de 2013

Qué aburrido sería el mundo, si todos fuésemos iguales por dentro y por fuera...

Ya no me sorprende nada (expresión que uso para decir que cada día me sorprendo más, que ironía). Es increíble como cualquier tipo de relación puede influir sobre una opinión, tanto que para evitar discusiones y peleas uno termina aceptando cosas que no nos parecen correctas, ni ciertas, pero aún así la dejamos pasar, una, dos, tres, y un par de veces más. ¿Desde cuándo el punto de vista propio está mal visto por otros? Podemos ser similares por fuera, pero eso no significa que también debemos serlo por dentro, porque ahí es donde está lo que realmente somos, desde el interior sale nuestra esencia, nuestros pensamientos más profundos, nuestra propia visión del mundo, esa que nos hace actuar como actuamos a diario, la que nos hace expresar en sonido de palabras lo que tenemos dando vueltas adentro. ¿Desde cuándo dejamos de ser lo que realmente somos por complacer al otro? ¿Y por qué? ¿Con qué inútil fin? En el momento en que estamos contaminando nuestra esencia con la del otro dejamos de ser la clase de persona que nos gusta ser, dejamos que otros elijan, hablen, decidan, piensen, y bla bla bla bla, por nosotros, porque ya no existimos al 100%, porque bajamos un escalón y estamos parados en un lugar inferior cuando en realidad nadie, absolutamente nadie, es menos que alguien más. Si una persona realmente quiere estar a tu lado y permanecer en tu vida, va a aceptarte como sos, y lo más importante, va a respetarte y el respeto es esencial en una relación. No importa cuantos choques de personalidad tengas con un amigo, un familiar, o pareja, porque lo más importante es poder resolverlos de manera tal que los dos salgan ganando.
Qué aburrido sería el mundo, si todos fuésemos iguales por dentro y por fuera...

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