¿Qué tan fuerte sonó la puerta al cerrarla? ¿Qué seguridad podes tener de no haberla dejado ni un poquito abierta? Porque eso es lo que creemos, creemos haber sellado esa puerta que con tanta fuerza golpeamos, pero aún así, por algún lado, por alguna ranurita los recuerdos entran y te invaden la cabeza. ¿Cuántas veces al día, a la semana...seguís sintiendo esa sensación en el pecho que no te deja respirar? Y mientras más la sentís, sin darte cuenta, estás dejando entrar aquello que querías alejar: un tarde de sol, un café amargo, una cama desordenada, un desayuno en el piso del comedor, un abrazo eterno, un sonrisa cubierta de lagrimas, besos que hoy no tienen sentido y un par de gritos que aturden los oídos. Involuntariamente, aunque nos neguemos, siempre recordamos.
Será que no podemos cerrar una puerta por completo hasta que abrimos otra... Sí, creo que por ahí viene la cosa, podemos estar frente a mil puertas, de diferentes tamaños y colores, todas con algo que ofrecer detrás de ellas, pero el problema que nos quema la cabeza es que estamos entre lo que dejamos y lo que se viene, y no avanzamos, nos estancamos, a veces por miedo, a veces sin motivo, solo estamos ahí, esperando... esperando tal vez que alguna puerta que tenemos delante nuestro se habrá sola, y nos de un empujón.
¿Por qué nos enredamos tanto? ¿Puede una sola sonrisa ser un motivo suficiente para abrir una puerta? Si no arriesgamos, no ganamos y nadie nos asegura que esas puertas van a estar ahí esperando por nosotros mucho tiempo, porque como es de difícil avanzar también lo es esperar, y la espera agota. Solo puedo dar un consejo, y es que si algo te lastimo tanto para estar hoy en la nada, sin duda es tiempo de cerrar esa etapa, y no dudes en que un poquito de risas no puedan llenarte el alma, y hacerte sentir mejor (aunque sea por un rato, no importa lo que dure).

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